Suele haber una trampa silenciosa en la forma en que solemos hablar de los pensamientos: la tendencia a dividirlos en “positivos” y “negativos”. Como si cada idea que aparece en la mente viniera ya con una carga fija, como si su valor estuviera determinado de antemano. Pero los pensamientos, en realidad, no nacen como juicios cerrados, son fenómenos mentales que emergen sin pedir permiso.
Lo que les da peso no es tanto su contenido, es la manera en que nos relacionamos con ellos. Un pensamiento puede ser insistente, incómodo o incluso duro, pero eso no lo convierte automáticamente en dañino. De la misma forma que un pensamiento agradable no es necesariamente útil. La mente no siempre distingue entre lo que ayuda y lo que no, simplemente produce.
Cuando etiquetamos un pensamiento como “negativo”, solemos añadirle algo más, una especie de urgencia por eliminarlo. Y en ese intento, sin darnos cuenta, lo reforzamos. Cuanto más luchamos contra ciertas ideas, más presentes se vuelven. No porque sean más verdaderas, solo les estamos prestando atención desde un lugar de resistencia.
Quizá el cambio pase por cuestionar el lugar que ocupan. Empezar a verlos como eventos mentales, no como verdades absolutas. Como algo que ocurre, y que, aun así, no necesariamente define ni dirige.
Hay algo profundamente liberador en darse cuenta de que no todo lo que se piensa merece ser creído ni combatido. A veces, observar sin reaccionar ya es una forma de cambiar la relación con uno mismo. Desde una posición más flexible, más consciente.
Y en ese punto, se descubre algo importante, que aprender a relacionarse de otra manera con lo que pasa por la mente no siempre es intuitivo, pero sí entrenable. Acompañar ese proceso, entender por qué ciertos pensamientos se quedan y cómo dejar de darles el lugar que ocupan, puede marcar una diferencia más profunda de lo que parece a simple vista.
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